Cuando empecé a escribir novelas, investigar significaba ir a la biblioteca. Había que localizar libros sobre los temas que necesitabas, consultar enciclopedias, buscar referencias, tomar notas a mano y volver a casa con páginas y páginas de información que después había que ordenar. Si estabas escribiendo sobre una ciudad que no conocías, una época histórica, una profesión concreta o cualquier tema especializado, el proceso podía llevar meses y resultar a veces un poco tedioso.
Yo hice mucha investigación así. Libreta, bolígrafo, libros abiertos sobre una mesa y horas tomando apuntes. Era lo normal y, por supuesto, tenía su encanto, pero también suponía una enorme inversión de tiempo para algo que en realidad era solo una parte del trabajo previo a escribir.
Entonces llegó Internet y, para quienes escribíamos, aquello fue una revolución. De pronto teníamos una biblioteca prácticamente universal dentro de casa. Los buscadores permitieron localizar información en cuestión de minutos, consultar mapas, fotografías, artículos, documentos, testimonios y fuentes de todo el mundo. La investigación se hizo mucho más rápida, accesible y amplia.
Ahora estamos viviendo otro cambio todavía mayor.
De buscar información a conversar con ella
La llegada de la inteligencia artificial no significa, al menos para mí, que una máquina escriba una novela en lugar del autor. No es así como entiendo su verdadero potencial dentro de un proceso creativo. La historia, los personajes, la voz narrativa, las decisiones, las emociones y, en definitiva, todo aquello que convierte una sucesión de palabras en una obra personal siguen perteneciendo al escritor.
Lo que ha cambiado de forma radical es todo lo que ocurre alrededor de la escritura. La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta de apoyo extraordinariamente versátil durante la construcción de una novela. No sustituye al autor. Se sienta a su lado en la mesa de trabajo.
Uno de los cambios que más he notado está en la investigación. Durante años utilizamos Internet introduciendo palabras clave en un buscador y recorriendo una fuente tras otra. Ahora puedo plantear una pregunta, pedir una explicación, detenerme justo en el punto que no entiendo, pedir que me lo expliquen de otra manera y, a partir de ahí, seguir profundizando. Para mí eso ha supuesto una diferencia enorme.
En la novela en la que estoy trabajando actualmente aparecen ideas relacionadas con la física cuántica. No voy a contar mucho más porque todavía no está publicada y sus secretos permanecen bajo siete llaves, pero sí puedo decir que durante la fase de documentación me encontré con conceptos que me resultaban fascinantes y, al mismo tiempo, bastante difíciles de comprender.
Podría haberme sumergido durante semanas en libros especializados intentando descifrar teorías que, para alguien sin formación en física, pueden resultar bastante oscuras. En cambio, conversando con una inteligencia artificial pude ir desmontando esas ideas pieza a pieza hasta comprenderlas de verdad. Si una explicación seguía pareciéndome demasiado técnica, podía pedir otra. Si aparecía un concepto nuevo, podía preguntar por él inmediatamente. Y, sobre todo, la conversación alimentaba mi curiosidad: una respuesta provocaba otra pregunta, esa pregunta abría una posibilidad narrativa y esa posibilidad me llevaba a investigar algo que quizá nunca habría buscado por mi cuenta.
Ahí descubrí una de las cosas que más valoro de esta tecnología: no solo acelera la investigación. Puede hacerla mucho más estimulante. Naturalmente, eso no elimina la necesidad de comprobar datos cuando la precisión es importante. Una inteligencia artificial también puede equivocarse, y una investigación seria sigue necesitando fuentes fiables. Pero transforma por completo el modo de explorar un tema y de decidir hacia dónde merece la pena seguir investigando.
Los personajes dejan de vivir solo en mi cabeza
Otra de las áreas en las que mi forma de trabajar ha cambiado mucho es la creación de personajes. Siempre he utilizado fichas para reunir información sobre ellos: personalidad, historia, relaciones, motivaciones, conflictos, miedos, contradicciones y pequeños detalles que después quizá ni siquiera aparezcan en la novela, pero que me ayudan a conocerlos y a darles vida.
Ahora esas fichas pueden ir mucho más allá. Puedo desarrollar visualmente a los personajes y crear una referencia bastante cercana a la imagen que tengo de ellos en la cabeza. Y algo curioso ocurre cuando por fin los ves: ciertos aspectos terminan de asentarse. Una expresión, una forma de vestir, una postura o una determinada presencia física puede hacer que el personaje se vuelva todavía más concreto.
Esa imagen no sustituye a la descripción literaria ni tiene por qué llegar jamás al lector. Es una herramienta privada de construcción. Pero cuando llevas meses conviviendo con determinados personajes, poder mirarlos resulta casi desconcertante. De pronto alguien que solo existía dentro de tu imaginación tiene rostro.
Construir los lugares antes de habitarlos
Algo parecido ocurre con los espacios. Los escritores siempre hemos recopilado fotografías de referencia, dibujado planos más o menos rudimentarios o guardado imágenes de casas, habitaciones, calles y paisajes que podían ayudarnos a visualizar un escenario. Ahora yo misma puedo construir esos espacios.
Puedo imaginar una habitación y trabajar sobre su distribución, su iluminación, sus materiales, su arquitectura o su atmósfera hasta acercarme mucho al lugar que existe en mi cabeza. Eso no solo resulta inspirador, sino también enormemente práctico, porque ayuda a mantener la coherencia espacial.
Si un personaje entra por una puerta, cruza un salón, sube una escalera y llega a determinada habitación, tener claro cómo está organizado ese lugar evita contradicciones. Y cuando la historia contiene espacios inventados o realidades que no existen en la vida real, disponer de una representación visual puede convertirse en una herramienta de worldbuilding extraordinaria.
Ver una escena antes de escribirla
Otra posibilidad que me fascina es la creación de storyboards. Hay escenas especialmente complejas porque intervienen varios personajes, ocurren muchas cosas a la vez o el movimiento dentro del espacio tiene importancia. Visualizarlas antes de escribirlas permite comprobar si la escena funciona, si los personajes están donde deberían estar o si determinada secuencia de acciones tiene sentido.
Es algo que tradicionalmente asociábamos sobre todo al cine, pero que ahora también puede formar parte del proceso de un novelista. Y no necesariamente para planificar cada escena con precisión milimétrica, porque escribir también necesita margen para sorprendernos, sino para esas ocasiones en las que poder mirar la escena desde fuera ayuda a resolver algo que sobre el papel todavía no termina de encajar.
La arqueología de una novela
Cualquiera que haya trabajado durante mucho tiempo en una historia sabe que una novela acaba generando una cantidad considerable de material. Fichas de personajes, cronologías, escenarios, documentos de investigación, subtramas, acontecimientos pasados, esquemas relacionales, objetos importantes, capítulos, escenas pendientes y decisiones tomadas meses atrás que por algún motivo no llegamos a registrar por escrito. Llega un momento en que recordar cada detalle se convierte en una pequeña arqueología personal.
Aquí la inteligencia artificial puede ser especialmente útil para organizar información, relacionarla o localizar algo concreto dentro de todo ese material. En proyectos largos, donde una decisión tomada hace seis meses puede afectar a una escena que escribes hoy, esa capacidad de recuperar contexto tiene un valor enorme. No porque la máquina tenga que dirigir la historia, sino porque puede ayudarnos a sostener su arquitectura.
Un interlocutor creativo siempre disponible
Esta quizá sea una de las partes más difíciles de explicar hasta que se experimenta.
Escribir es una actividad profundamente solitaria. Muchas veces sé qué quiero contar, pero todavía no sé exactamente cómo llegar hasta allí. O tengo una escena que no funciona, una contradicción que necesito resolver o varias posibilidades narrativas entre las que no consigo decidirme.
Poder hablar sobre ese problema cambia mucho el proceso. No porque espere que una inteligencia artificial me diga qué tengo que hacer, sino porque conversar sobre una idea obliga a formularla, examinarla y llevarla un poco más lejos. Puedo plantear posibilidades, explorar consecuencias, descartar caminos y descubrir otros nuevos.
En ocasiones la respuesta más útil no es una solución, sino una pregunta que provoca otra idea. Y otras veces basta con ver varias posibilidades delante para saber inmediatamente cuál pertenece a mi historia y cuáles no.
También sirve para decir «no»
Durante la fase de revisión, la inteligencia artificial puede ayudar a detectar repeticiones y redundancias, frases confusas, posibles errores de continuidad, problemas gramaticales o palabras que aparecen demasiadas veces. También puede servir para comprobar si determinada información ya había sido mencionada anteriormente o si una escena incluye una incongruencia, contradiciendo algo establecido muchos capítulos atrás que ya ni recordábamos.
Pero hay una frontera que para mí es fundamental. Una cosa es corregir un texto y otra decidir cómo debe sonar. La voz pertenece al autor, así de simple. Puedo aceptar una sugerencia, rechazarla, modificarla o ignorarla por completo. De hecho, aprender a decir «no» a una inteligencia artificial forma parte del proceso. A veces puede proponer una frase técnicamente impecable que, sencillamente, no suena a mí. Y saber reconocer eso también es importante.
Muchas herramientas reunidas en una sola mesa
Quizá una de las mayores ventajas de todo este cambio sea precisamente la combinación de funciones. Antes utilizábamos una herramienta para investigar, otra para organizar, otra para corregir, diccionarios de sinónimos, antónimos, nombres, topónimos... carpetas llenas de imágenes para visualizar personajes y escenarios, documentos independientes para fichas y cronologías y, con suerte, algún paciente amigo al que explicarle un problema argumental mientras intentábamos averiguar dónde estaba el agujero.
Ahora muchas de esas tareas pueden convivir dentro de un mismo espacio de trabajo. Eso no hace más fácil escribir una buena novela. Las preguntas importantes siguen siendo exactamente las mismas: qué quiero contar, por qué quiero contarlo, quiénes son realmente estos personajes, qué desean, qué pierden, qué descubren, cómo van a ir transformándose y qué quiero que sienta el lector cuando llegue a la última página.
Ninguna herramienta puede responder esas preguntas por mí, pero sí puede ayudarme a investigar mejor, visualizar mejor, organizar mejor, detectar problemas y explorar mis propias ideas con una profundidad que hace apenas unos años habría resultado difícil imaginar.
Cuando empecé a escribir, iba a la biblioteca con una libreta. Después llegó Internet y la biblioteca entró en casa. Ahora puedo conversar con esa biblioteca, pedirle que me ayude a ordenar mis apuntes, construir mapas, imaginar espacios, explorar posibilidades, revisar inconsistencias o explicarme una teoría imposible hasta que por fin consigo entenderla.
La novela, sin embargo, sigo escribiéndola yo.
Y quizá eso sea precisamente lo más interesante de esta nueva etapa: la tecnología no tiene por qué sustituir el proceso creativo. Puede ampliar, de una forma extraordinaria, las herramientas con las que lo construimos.











































